Mirando desde una ventana de un bar, con un abuelo que cuidaba, a lo lejos se veía una residencia recién reformada super bonita, un antiguo convento. Y el abuelito me dice hay tienes que trabajar y cuidarme.

 

Nunca paso por mi mente que esas palabras de aquel abuelo se hicieran realidad.

 

Llega marzo y con él la pandemia con mucho miedo, abren la residencia, y sin encontrar personal para trabajar ya que era complicado ya que sería una residencia Covid. Sin dudarlo me presento a trabajar ya que era mi obligación ayudar, ya que los abuelos me necesitaban, y si pensar en lo que se me venía encima, saber que un simple abrazo a mis hijos o solo sentarme en el sillón con ellos ya no lo podría hacer, algo tan sencillo, pero tan apreciado en ese momento.

 

Llegaron los abuelos tan asustados y desorientados y nosotros como ellos no sabíamos a que nos enfrentábamos, solo verlos en las condiciones que llegaban me partían el corazón. Pobres, sin saber que pasaba, ni el saber que hacían ahí.

Me acuerdo en especial de una abuela que cuando entraba con la bolsa de basura como bata, me decía que vestido más bonito llevas...

 

Y darnos cuenta de que antes de que llegara el virus eran unos abuelos tan normales que salían a tomar café, y al llegar ahí ya ni podían caminar, y que solo los más fuertes saldrían de ahí.

 

Cuando dimos nuestra primera alta y ver la cara de felicidad de la abuela sin covid, que alegría, ahí te das cuenta de que tu labor ha sido buena.