La primera sombra se cernió sobre nosotros con el diagnóstico de tumor cerebral de Jean Carlos.
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Parte I: El Tumor y la Escasez
La primera sombra se cernió sobre nosotros con el diagnóstico de tumor cerebral de Jean Carlos. Para 2021, en Venezuela, el miedo ya no era solo a la inseguridad o la política; era un miedo viscoso y cotidiano a la inanición, a la falta de medicinas, a la hiperinflación que devoraba cualquier rastro de estabilidad. Nuestro amor, que siempre fue un refugio orgulloso en un país que aún mira con recelo a las parejas homosexuales, se convirtió en una trinchera.
Ser el cuidador de Jean Carlos, mi compañero, en ese tiempo, fue una batalla épica sin gloria. La búsqueda de la medicación oncológica era una pesadilla: no existía en las farmacias, había que rastrearla por canales informales, a precios en dólares que subían más rápido que el pulso en una crisis. Recuerdo las largas colas para conseguir dexametasona, o las súplicas a familiares que migraron para que enviaran una caja de quimioterapia. El dinero que ganaba como locutor en la radio, se esfumaba como humo.
El hospital público era una ruina: sin insumos, con personal desmoralizado que trabajaba con las uñas. Tuvimos que mendigar una cama, un bombillo, un simple paracetamol. Como hombre gay en una sociedad donde el sistema de salud no ofrecía un apoyo estructural para los cuidadores, menos aún para nosotros, sentí una soledad brutal. No éramos solo un paciente y su acompañante; éramos una pareja luchando contra una enfermedad terminal en un país terminal. La burocracia, la falta de gasolina para llevarlo a las terapias, los apagones que ponían en riesgo los aparatos médicos... Cada día era un acto de resistencia.
Jean Carlos murió en 2022. Murió con la dignidad que le permitimos, pero el sistema nos robó la paz. En ese año, la pequeña recuperación económica era una burbuja que no tocaba la vida real de quienes dependían del sistema de salud pública. La hiperinflación seguía siendo un fantasma que convertía en migajas el esfuerzo de meses. Cuando se fue, no solo perdí a mi amor, también perdí al compañero que me ayudaba a cargar el peso de la supervivencia.
Pero esta historia para mí, no había terminado… aunque creía que sí.
Parte II: La Tiranía de la Glicemia
El duelo duró poco. Apenas tuve tiempo de respirar antes de que la segunda sombra cayera: mi madre. Diabética, con el carácter forjado en años de escasez, y la terquedad de una roca venezolana. Los siguientes tres años se trataron de cambiar el foco del cuidado, pero la lucha contra la economía era la misma.
La diabetes de mi madre requería no solo medicinas, también paciencia, porque su carácter como enfermera jubilada, era solo decir “Yo no tengo nada”. La insulina, era una mercancía de lujo. En 2023 y 2024, mientras algunos sectores hablaban de "crecimiento", el salario mínimo seguía siendo insignificante. Mis días se dividían entre buscar trabajo para ganar en dólares y discutir con ella sobre la dieta. "Un poquito de casabe con queso no hace daño," decía, ignorando que el "poquito" significaba un pico de glucemia y una posible emergencia, porque la enfermedad estaba diagnosticada desde el año 2005.
Las emergencias eran pánico puro. Los servicios de ambulancia eran inexistentes o cobraban tarifas impagables. La gasolina seguía siendo un problema intermitente. Corría a la farmacia en los pocos lugares donde la conseguía, pagando precios exorbitantes por las tiras reactivas. La pensión de ella era una burla, apenas suficiente para dos paquetes de harina de maíz. Yo era su enfermero, cocinero, psicólogo y guardia de seguridad contra ella misma.
El agotamiento me convirtió en un autómata. Miraba las noticias de las protestas de maestros y jubilados pidiendo salarios dignos y entendía que el sistema de salud no iba a cambiar. Las leyes de protección que surgieron tímidamente en el panorama, eran promesas vacías en la práctica.
En agosto de este 2025, mi madre falleció en paz, en casa, gracias a los cuidados. Pero en ese momento, no sentí alivio, sino un vacío desolador. Había pasado siete años de mi vida en el momento más devastador de la crisis venezolana, entregado al cuidado de dos personas que amaba.
Epílogo: La Hiperinflación del Alma
Ahora, en este silencio que ha quedado, la sombra de la hiperinflación ya no está solo en los precios. Está en mi alma. Me ha robado tiempo, recursos, energía y el futuro que planeé con Jean Carlos. He sobrevivido a un tumor cerebral, a una diabetes terca, y ahora sigo intentando sobrevivir a Venezuela.
Soy un cuidador que cuidó, amó y perdió dos veces. Y en mi país, en el año 2025, el mayor duelo es el de la vida que no pudimos vivir por estar forzados a luchar en la sombra de la subsistencia.
QUIERO UNA VENEZUELA LIBRE.

