Durante cuatro meses tuve el honor de acompañar a María, una mujer de 78 años con demencia por Cuerpos de Lewy en estado avanzado, hasta el final de sus días. 

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Durante cuatro meses tuve el honor de acompañar a María, una mujer de 78 años con demencia por Cuerpos de Lewy en estado avanzado, hasta el final de sus días. Este es el relato de cómo la música francesa, junto con técnicas de la psicología, nos permitió conectar con su esencia y brindarle momentos de calma, comunicación y plenitud. Soy Pepe Olmedo, psicólogo sanitario, músico y director de Música para Despertar.

Tras más de una década formando a profesionales y familiares en el uso de la música, y después de centenares de sesiones con personas que padecen Alzheimer, Parkinson y otras demencias, sentía la necesidad de dar un paso más. En 2025 inicié en Granada el servicio de terapia privada Música para Despertar, con el objetivo de acompañar semanalmente a personas concretas y ofrecer seguimiento cercano y continuado.

La familia de María me contactó ante una de las demencias más complejas, buscaban algo que conectara a María con sus pasiones. Ella había vivido parte de su juventud en Francia, y la música de los años 60 y 70 se convirtió en el puente perfecto hacia sus recuerdos. Sylvie Vartan, Françoise Hardy y Édith Piaf eran parte de su banda sonora vital, y esas melodías se transformaron en las llaves que abrieron puertas que parecían cerradas.

Cuando nos conocimos, el estado de María era muy delicado: rigidez muscular intensa, mirada perdida, lenguaje verbal deteriorado y gritos que sustituían a las palabras. Pero, sabíamos que su esencia seguía ahí, con la necesidad de sentirse arropada y querida.

Lo primero fue reconstruir su historia de vida para rescatar las canciones de entre los 15 y 25 años, las que suelen resistir más en la memoria musical. Las melodías lograron que fijara la mirada con sentido, que aparecieran risas espontáneas y que su cuerpo se relajara. Donde antes había rechazo, empezaron a florecer momentos de encuentro.

Cada día la encontrábamos en su silla de ruedas, con las manos muy apretadas. Sin embargo, al sonar las canciones, poco a poco sus manos se abrían, la rigidez se suavizaba y su expresión se transformaba.

La comunicación fue el mayor regalo. Aunque las conversaciones largas ya no eran posibles, logramos escuchar palabras claras, frases coherentes y recuerdos familiares que emergían. A veces hablaba de su familia, otras de tareas pendientes. Más allá de las palabras, lo esencial era la comunicación no verbal: las miradas cómplices, la serenidad en su rostro y la relajación de su cuerpo.

Algunas de las sesiones más especiales las vivimos junto a sus hermanos. Uno de ellos, médico jubilado, observaba con admiración cambios en María que llevaba años sin presenciar. Volvía a ver destellos de la hermana que conocía, esa esencia que la enfermedad parecía haber borrado. Tanto fue así que empezaron a reorganizar sus visitas semanales para coincidir con nuestras sesiones. Querían estar presentes cuando la música lograba iluminar a María, compartiendo con ella canciones y recuerdos que los unían de nuevo.

 

Desde abril hasta julio, cada encuentro nos confirmó la importancia de este trabajo. Y a principios de agosto, como quien regresa a un lugar amado, María emprendió su último viaje. Su partida fue sentida, pero lejos de dejarnos tristeza, nos regaló la alegría de haber podido acompañarla con dignidad y ternura. Supimos que se marchaba en paz, esa paz que la demencia le había arrebatado y que la música y el amor le devolvieron por momentos.

Aquel acompañamiento me reafirmó en la misión de centrar los esfuerzos en las fases moderadas y avanzadas de las demencias. Son las personas con menos recursos a su alcance y, sin embargo, quienes más pueden beneficiarse del poder de la música. Por eso, seguiremos rescatando recuerdos y emociones; seguiremos acompañando hasta el final con música, pero, sobre todo, con amor.

Hubo algo muy especial en la relación con María. Muchos familiares pensaban que yo era parte de su familia. Les sorprendía verme cada semana, y más aún la cercanía y el cariño con que la tratábamos. Y quizás tenían razón: la verdadera vocación del cuidado consiste en amar como si cada persona fuera de nuestra familia. Porque tarde o temprano, seremos nosotros o alguno de los nuestros.

La historia de María nos recuerda que la música no solo es arte, sino también un lenguaje universal capaz de acompañar hasta el último suspiro. Y que la forma en que cuidamos, con respeto y humanidad, puede marcar la diferencia entre la soledad y conexión, entre el sufrimiento y la paz.