Mi mamá, Antonia Mercedes May de Marcano, siempre fue independiente hasta llegar a nonagenaria.
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Mi mamá, Antonia Mercedes May de Marcano, siempre fue independiente hasta llegar a nonagenaria. El día siguiente de la celebración de sus 90 años se le aplicó la primera vacuna contra el Covid-19, le protegimos y además tenía años controlada con su tratamiento para la hipertensión. No padecía de nada más.
En Febrero de 2022 sufrió una primera caída dentro de su casa, tuvo una fisura en la cadera y otra en el hombro. Su cabeza se golpeó y tuvo una ligera cortada que ameritó 3 puntos.
Inicié mi mundo de los tutoriales para aprender terapias para la movilidad y con la orientación del médico traumatólogo y su propia voluntad logramos que caminara con andadera y seguía con su tratamiento y su comida sana.
En Abril 2022 ocurrió una subida de presión arterial producto de la ansiedad por no lograr su independencia de forma rápida le produjo un edema agudo de pulmón, insuficiencia cardíaca y posterior insuficiencia renal. Los médicos dijeron que su corazón funcionaba al 30 % “llévenla a casa con nuevo tratamiento y “hagan lo mejor que puedan en sus últimos días”.
Pese a los pronósticos Dios nos permitió estar con ella por 3 años y 7 meses luego de ese episodio, con ayuda psiquiátrica y compañía permanente pudo sobrellevar su nueva vida. Estuvo sin rendirse, con ganas de vivir y sobre todo con mucha fe en Dios y en el santo venezolano José Gregorio Hernández.
Con el amor de sus 4 hijos; dos de ellos lejos pero hacían el esfuerzo de venir a Caracas cada vez que podían, aportaban en lo económico; el cariño de sus familiares, amigos y vecinos siempre fue importante.
En Caracas estábamos mi hermana que la cuidaba en las noches y yo me encargaba en el día desde las 9 am hasta las 5 pm.
A mi mamá le decíamos por cariño “La Maestra” porque dio clases de primaria durante 34 años en su pueblo natal Guasipati al sur de Venezuela.
Me convertí en el maestro de La Maestra. Clases de terapia física, de respiración. Durante 4 años realizó tareas de escritura, dictado, lectura y comprensión a través de una oración que me enviaba a diario mi amiga Daisy Rosco. Escribía con una concentración única, con su letra y ortografía de maestra, luego yo le hacía un dibujo y ella le ponía los colores.
Me convertí también en el cocinero para que su dieta fuera la mejor siguiendo las indicaciones médicas y de la nutricionista y almorzábamos juntos siempre.
En febrero de 2025, luego de 3 años de la primera caída se volvió a caer; pero esta vez una fractura de fémur-cadera la llevó a pasar 6 meses en cama, los médicos consideraron que no era conveniente operarla para ponerle prótesis. Ella tenía ánimo y ganas de levantarse para seguir.
Desde ese momento, su vida cambió, estaba en su cama, allí le hacíamos el aseo personal diario, para evitar escaras, mantener su piel limpia e hidratada, sus necesidades básicas y había que garantizar la mejor higiene posible.
En la habitación veíamos televisión, almorzábamos y merendábamos, eran las reuniones familiares, de amigos y vecinos. Allí escribía, leía, organizó sus panes de San Antonio el 13 de junio. Reía y festejaba la vida, dando gracias a Dios al levantarse cada día.
La Maestra me enseñó que la vida y los problemas se llevan mejor desde la fe y cuando la memoria empieza a fallar por la demencia senil esos problemas se olvidan y el mundo se ve diferente.
Aprendí que una frase adelantada con información le evitaba el sufrimiento, todos los días yo me identificaba “hola, mamá, soy José Gregorio el menor de tus 4 hijos, y ¿cuáles son mis apellidos?” ella respondía “Marcano May, todos mis hijos son Marcano May”.
Nunca sentí miedo a su proceso de deterioro físico y mental, que se inició cumplidos los 90 años, era algo natural, todo lo contrario tenía que brindarle seguridad a cada uno de sus pasos. Para estar con ella dejé de trabajar y me puse su disposición con amor y fe.
Quise saborear ese tiempo, investigaba para prepararme y ser el mejor cuidador. Su etapa de nonagenaria comenzó diferente y la tome de la mano por 4 años para vivir más de cerca cada día esa experiencia maravillosa. Hoy doy gracias a Dios por haberme permitido ser el maestro de La Maestra, quien me convirtió en un cuidador con mucho amor y fe.

