Querida hija: Te escribo estas líneas porque no quiero que mis pensamientos se me escapen antes de poder compartirlos contigo.

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Querida hija:

Te escribo estas líneas porque no quiero que mis pensamientos se me escapen antes de poder compartirlos contigo. Ya sabes que la memoria me juega bromas pesadas: unas veces olvida cosas esenciales y otras se aferra a recuerdos que nadie entiende por qué siguen ahí. Pero hoy estoy clara, y quiero contarte cómo me siento con todo este trabajo que hago con Lara, mi fisioterapeuta.

Primero que nada, déjame confesarte algo: yo no entiendo por qué es necesario tanto esfuerzo. Si ya aprendí a caminar una vez, ¿por qué tengo que hacerlo otra vez? Si ya hablé español toda mi vida, ¿por qué ahora tengo que decir palabras una y otra vez, o en inglés?. Pero luego me descubro disfrutando. Me siento viva. Y aunque me queje, aunque resople y reniegue, me gusta sentir que todavía puedo aprender.

¿Sabes qué es lo más gracioso? Cuando Lara me pone a decir palabras largas. Palabras que parecen trenes infinitos, llenas de sílabas como vagones. Me tropiezo, me atasco, me invento sonidos. Un día me tocó decir los nombres raros de los dedos, que parecen la lista de los reyes Godos y encima veo que os reís y lo celebráis yo respondo con una sonrisa, con palabras que no yo sé qué son y ¿Lara y tú lo veis bien?.

También me hace repetir palabras en inglés. “Good morning”, dice ella. Y yo, con mi acento del barrio, suelto algo como “gur murri” o por el estilo. Luego me hace despedirme con un “bye-bye” que tanto celebráis.

Ah, y no puedo olvidar las sentadillas. ¡Ay, hija, las sentadillas! Lara dirá que son para que no me quede inmóvil, que necesito fuerza en las piernas. Yo creo que lo hace para vengarse de mí por algo. Cada vez que bajo y subo siento que mis rodillas negocian un tratado de paz con mis huesos. Yo creo que a mi edad es más lógico practicar cómo sentarse en una butaca cómoda, pero ella insiste, aunque suelte alguna de mis palabrotas. Y lo curioso es que, aunque al principio protesto como una cabra, al terminar me siento orgullosa, como si hubiera escalado una montaña. Me doy cuenta de que sigo pudiendo, y eso, hija, es un regalo.

Te confieso algo más íntimo. Cuando Lara me enseña una palabra nueva y logro recordarla, aunque sea un rato, siento una alegría rara, como un cosquilleo por dentro. Y entonces pienso en ti, que eres profesora. Siempre soñé con ser maestra cuando era joven, ¿te acuerdas de que te lo conté alguna vez? La vida me llevó por otros caminos, pero ahora, a mis 77 años, descubro lo que deben sentir tus alumnos cuando aprenden algo nuevo. Quizá, hija, lo que siento yo ahora es lo mismo que sienten ellos en tus clases. ¿Será que aprender siempre es así, aunque seamos viejos, aunque la memoria se nos vaya escapando?

Hay días que no entiendo nada, que las palabras me parecen mariposas que revolotean y nunca se posan. Pero, aun así, me gusta el intento. Porque mientras intento, estoy viva. Y aunque me pierda en recuerdos que ya no vuelven, en ese momento estoy ahí, con Lara, con mis sentadillas, mis palabras largas y mis saludos en inglés. Y eso me llena.

 

Quiero que sepas que no todo es sufrimiento. Sí, a veces me duele, a veces me frustra no recordar lo que acabo de aprender. Pero otras veces me río tanto que se me olvidan las penas. Y cuando logro un pequeño avance, me siento tan orgullosa como si hubiera ganado un premio Nobel. El Alzheimer puede borrar cosas, pero no me ha borrado las ganas de reírme ni de sentir que todavía aprendo.

Me gusta imaginar que, de algún modo, sigo tu camino. Tú enseñas a tus alumnos y yo, aunque de otra manera, me siento alumna de Lara. Y si la vida me dio la oportunidad de aprender todavía, pues vamos a aprovechar.

Así que no te preocupes tanto. Estoy cansada, sí. Me cuesta, sí. Pero también estoy agradecida. Porque todavía puedo sentir la emoción de aprender, y porque tengo a mi lado a gente que me empuja a seguir adelante. Dile a Lara, tú que sabes decirlo, que me inspira incluso cuando me olvido de tu nombre por un instante.

Con cariño y mucho amor,

Tu madre: Ceferina