Mi nombre es Pilar Madrigal, en el próximo mes de noviembre cumpliré 61 años y llevo 20  trabajando en Ballesol Parque Almansa como gerocultora.

Si no sabes como votar por el relato, te decimos como aquí.

Mi nombre es Pilar Madrigal, en el próximo mes de noviembre cumpliré 61 años y llevo 20 trabajando en Ballesol Parque Almansa como gerocultora.

Toda la vida he sido cuidadora como elección porque me apasiona el día a día con las personas mayores y el vínculo que se crea con ellos, pero mi verdadero reto empezó cuando mi marido empezó con deterioro cognitivo en el año 2012 con tan solo 50 años, pero no fue hasta el 2017 cuando fue diagnosticado de la enfermedad de Alzheimer.

Parecía una broma pesada, toda la vida trabajando con personas mayores con todo el cuidado y cariño del mundo y de repente lo tenía en casa, como si el destino me hubiera estado preparando para lo que venía, aunque si soy sincera, no hay preparación que valga para un palo de esta envergadura y para el que nadie está preparado.

Empezar a compaginar mi vida personal con el trabajo fue un duro golpe y más debido a su edad, desgraciadamente esta enfermedad fue evolucionando demasiado rápido y tuve que aprender a luchar y mediar de la mejor forma posible con mi vida laboral y personal.

En el 2022, mi marido sufrió un ictus y a partir de ese año, el deterioro se fue agravando cada vez más. Ahí es donde llegó la parte más dura, ese momento que por mucho que se explique solo lo entiende el que lo sufre. Dejó de conocer a su familia, a sus hijos, a mí, su compañera de vida incondicional y pasamos a ser para él unos extraños.

Yo me iba cada día al trabajo con el alma encogida, el sentimiento de culpa por abandonarle pesaba demasiado y sabía que al llegar tenía que sacar mi mejor versión y dar a mis residentes todo el amor del mundo y dejar mis problemas en la puerta porque estamos para eso, para repartir alegría como siempre había hecho, pero había días que, sin darme cuenta, los que me alegraban los días eran ellos a mí.

Mis hijos me llamaban al trabajo diciendo: “papá nos quiere pegar, no podemos con él” y yo solo podía mirar el reloj para ver cuantos minutos quedaban para poder mirarle a los ojos y buscar en los más profundo un resquicio de reconocimiento cuando me tuviera delante y que eso sirviera para ser su bálsamo de paz y tranquilidad.

Llegó el momento en que tuvimos que tomar la decisión de pedir ayuda profesional, buscar una residencia porque la situación era insostenible, ojalá haberle podido tener donde yo trabajaba, pero solo es para personas autónomas y mi marido hacía ya tiempo que dejó de serlo. Aguantó allí 13 días, el trato fue impecable y el amor que recibía de agradecer, pero veíamos que cada día estaba más desorientado y su mirada cada vez nos dejaba ver que estaba más y más lejos de lo que le conectaba a éste mundo, a su mundo, a nosotros…

Decidimos en casa hacer todo un esfuerzo por conciliar y le trajimos de vuelta sabiendo que no iba a ser fácil.

Mi vida había cambiado por completo sin ser consciente de ello, era agotador, pero lo hacíamos con todo el amor del mundo y con la lucha que conlleva compaginar el cuidado de una persona dependiente 24 horas al día y trabajar.

Es increíble cuánto de real es eso que dicen que el ser humano tiene un poder de adaptación absoluto y que no nos den lo que podamos aguantar, porque mi vida era suma y sigue, pendiente de cubrir todas las necesidades de los míos en casa, mi marido, mis hijos, y después mis residentes y entras en una vorágine de la que no sabes ni puedes pararte a pensar hasta cuánto va a durar porque no te quieres hacer esa pregunta.

 

Mi compañero de vida estuvo conmigo hasta el 30 de enero de éste año que cogió sus maletas y por fin se fue para volver a reconocer a su familia desde arriba y pasar a convertirse ahora él en mi cuidador desde donde esté qué es lo que recibo cada día al levantarme y acostarme.

Ha dejado un gran vacío, la lucha ha sido la más grande de mi vida y lo volvería a hacer una y mil veces. Me he pasado toda mi vida batallando y cuidando a los demás y ahora siento que está vacía.

 

Actualmente dedico mi tiempo a mi trabajo si cabe con más ahínco de lo que ya lo hacía, pienso que los residentes de mi centro me necesitan y eso es lo que me da fuerzas para levantarme cada día, intento no perder jamás la sonrisa y cuando recibo de vuelta sus abrazos y su cariño, agradezco a la vida el trabajo que me ha dado. Ellos son mi terapia junto con mis hijos, nuera y nietos para poder seguir avanzando.

Seguiré siendo una cuidadora como he sido siempre porque no sé hacer otra cosa, aunque esa pregunta de “¿quién cuida a los que cuidan?” yo por fin tengo una respuesta: tengo a mi marido cuidándome cada día y así lo noto y lo recibo, y es lo que me da fuerzas para seguir.