Mi suegra, la Toyita Palma era una mujer de carácter fuerte y había vivido acompañada solo de sus aves y mascotas los últimos 30 años.
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Mi suegra, la Toyita Palma era una mujer de carácter fuerte y había vivido acompañada solo de sus aves y mascotas los últimos 30 años.
Cuando nos establecimos en su casa junto a mi esposo e hija de 5 años, la Toyita ya tenía 83 años y aun podía realizar gran parte de las actividades de la vida diaria.
Para todos y principalmente para ella, fue difícil acomodarse a un grupo familiar.
Claro, para pasar de una existencia en soledad a tener una familia presente, había que realizar un aprendizaje en conjunto con concesiones y renuncias mutuas. Lenguajes a incorporar en el día a día como mamá y abuelita, Elita, Chochito y “la niña”.
Hubo momentos difíciles, pero resultaba gratificante funcionar como un núcleo que abarcaba desde la abuela de avanzada edad hasta la nieta de cortos años.
Había una “dueña de casa” principal y una “dueña de casa” alterna y se hizo necesario incorporar rutinas de uso de roles y espacios en la cocina principalmente, además de las funciones de aseo y atención de mascotas y aves. Tema importante fue también el cuidado y “propiedad” de árboles, plantas y flores.
Asistir a actividades escolares de la niña, celebrando sus triunfos y haciéndose notar como su abuela en esa comunidad, fue una vertiente donde afloraba su orgullo y recuerdos de sus hijas y de su propia infancia feliz.
Imposible no mencionar a su hijo mayor “Juanito” que la revitalizaba en cada visita esporádica.
Complicado fue para ella aceptar ir perdiendo habilidades y tener que experimentar el reemplazo en la preparación de alimentos, atención de sus aves y demás actividades que le resultaban difíciles de realizar por su artritis y artrosis. Paulatinamente fue haciendo más horas cama; disfrutando “La Cuarta”, su periódico favorito, viendo sus teleseries y siguiendo sin perder ningún capítulo del “Comisario Rex”, esperando el llamado de su nuera para incorporarse a almorzar y a tomar las onces en familia. Ella agradecía que le sirviera el desayuno en cama y más aún cuando incluía su menú favorito: huevo a la copa con un tazón de buen te de hojas con canela o cedrón.
No faltaban las rabietas, pero entendíamos que eran manifestaciones de su impotencia y rebeldía a aceptar que ya no era la misma. A veces nos dolían sus comentarios hirientes y más de alguna vez lloré en silencio al sentirme superada, pero había que seguir con lo que se convirtió en un desafío de humanidad.
Más de alguna vez, pensamos en abandonar y separar residencia, pero siempre reaccionamos porque hacerlo implicaba el abandono de una persona a la que habíamos aprendido a querer y se convirtió en razón y parte de nuestra existencia. Nos quedamos con ella hasta el final de sus días.
A la entrada del invierno en sus 90 años, sufrió un episodio que los médicos sospecharon como un accidente cerebro vascular imperceptible que la hizo perder completa funcionalidad y lucidez, iniciando una postración con incontinencia urinaria y fecal con dependencia total.
Fue el período más difícil donde tuve que hacer de enfermera, paramédico y chatera con muda de pañales, aseo personal, cambio frecuente de sabanas y colchones, alimentación a la boca, manejo de posiciones y todo lo que conlleva tal estado. Tenía “una guagua” que atender, además de manejar el resto de actividades del hogar. Varias veces estuve a punto de tirar la toalla, pero siempre pudo más mi cariño por quien me permitió vivir una mutua adopción de hija/nuera y de mamá/suegra y, sobre todo, por haber conocido su historia de vida, llena de duelos reales y emocionales.
No pasó mucho tiempo, aunque me pareció una eternidad. Casi al cumplirse los seis meses y sin previo aviso, reapareció la Toyita en toda su plenitud. Fue cuando me dijo: “No me ponga más esas huevadas de pañales”. Y milagrosamente inició una última etapa de plena conciencia y nueva actividad funcional, volviendo a caminar para ver sus plantas, salir al patio y almorzar y tomar onces con nosotros, porque el desayuno siguió siendo un privilegio de hacerlo acostada, viendo las noticias de la mañana.
Compartir los distintos momentos de la edad avanzada de mi suegra fue un privilegio porque aprendí de ella su fuerza de voluntad, entereza y resiliencia. Sin duda, marcó mi vida.
Hace tres años que se fue a la eternidad, pero la Toyita está presente en el diario vivir, ya que sigo regando sus flores, cuidando sus aves y recordando sus rabietas, entretenidas anécdotas y su sabiduría popular.

