Se llama Francisca, pero todos la conocemos como Panchita y cuando pienso en su nombre no puedo evitar poner en mi cabeza el tono colorido que ella da a cada palabra que pronuncia.
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Se llama Francisca, pero todos la conocemos como Panchita y cuando pienso en su nombre no puedo evitar poner en mi cabeza el tono colorido que ella da a cada palabra que pronuncia.
Ella es vitalidad y es sonrisa, busca constantemente acercarse o que te acerques y ahí recibes o das el abrazo o la caricia que ella tiene siempre presente porque es imposible pasar a su lado y no achucharla.
Es muy coqueta: aunque cada vez los recuerdos son menos en su cabeza cuando por la mañana la aseas, la peinas y la vistes no debes olvidarte de que vaya perfectamente conjuntada y que nadie se olvide de anotarla a peluquería cada semana; sus uñas, por supuesto siempre impecables y perfectamente pintadas.
Cada vez le cuesta más trabajo hablar, va perdiendo su capacidad de comunicarse y expresarse a través del lenguaje, pero cuando cada mañana recorre el pasillo de Marchica va leyendo los nombres de todas las personas que aquí viven escritos en cada puerta; tampoco recuerda nuestros nombres, pero si le enseñamos nuestra casaca nos nombra como nadie; con ese tono vital y sonoro que tanto nos llama la atención.
A media mañana empieza a ponerse intranquila, no sabe qué hora es, pero algo en su cabeza o en su cuerpo le marca la hora del reloj; en ocasiones la convences y se sienta en la galería para mirar por la ventana. Su gesto cambia en cuanto ve aparecer a su hija Mª Antonieta, es tiempo de tomar un café y dar un paseo; un café y un paseo reparador que nos devuelven a la Panchita alegre y dicharachera de siempre.
El resto del día va pasando entre comida, descanso, actividades por la tarde (que siempre incluyen un rato de lectura), la hora de la cena y el irse a dormir, pero siempre, a cada rato escucha, con emoción, a Panchita mientras va leyendo cualquier texto o palabra que encuentra en su camino.
Y, por supuesto, los días de fiesta siempre es de las primeras en bailar. Panchita nació en Cuba, de ahí ese acento agradable y pegadizo que irradia alegría y también fue profe de lengua y literatura. Su pasado como profesora de lengua y literatura y su acento cubano añaden un toque especial a su personalidad. Tiene 93 años; no hay nadie, a estas alturas de su vida que lea como ella.

