Me despierta la alarma del despertador como todos los días. Lo primero que siento es dolor. Hoy me siento especialmente dolorida. Me quedaría en la cama toda la mañana.

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Me despierta la alarma del despertador como todos los días. Lo primero que siento es dolor. Hoy me siento especialmente dolorida. Me quedaría en la cama toda la mañana. Una punzada eléctrica recorre mi mano derecha mientras apago la alarma y el latigazo en la espalda me dice que seguramente, ayer forcé demasiado al sentar a Juan en la silla de ruedas.

Sin pensarlo, como un resorte, mi cuerpo se activa y en un movimiento demasiado rápido me veo sentada en mi cama. Apoyo los pies dormidos en el suelo y noto el hormigueo en las piernas y mareo. Escucho la voz de mi madre dentro de mi cabeza: “Tienes que ir al médico, esos mareos hay que mirarlos”. Ahora ya no le digo que los tengo. Cómo podría explicárselo para que estuviera tranquila. A una madre. Contarle que son tantos los diagnósticos médicos: “eso es de las cervicales”, “seguro que tienes una contractura en el cuello o en la espalda”, “tienes que descansar más”, “seguro que es estrés” ...

Enseguida vienen a mi cabeza: Juan, María, Alfonso, Pepe, Lola, Maruja, Tino, Ramón… Los imagino en sus camas. Me preocupa cómo durmieron. ¿Descansarían? Espero que no se cayese ninguno por la noche. Pepe ayer tenía algo de fiebre, a ver si hoy va mejor el hombre. Tino no vino bien del hospital el jueves. Me sorprendo deseando que se haya puesto peor, para que mis compañeras de la noche hayan llamado al médico de guardia y que lo volviese a derivar, en la resi poco más podemos hacer por él.

Pensamientos que no puedo controlar mientras me ducho. Acabo de despertarme por dentro y por fuera. El agua resbala por mi pelo igual que la culpa por no pensar en la escapada con mi familia el próximo fin de semana. Lo urgente ahora es acabar de arreglarme y tomar un café rápido. Esperan por mí. Sé que todos acusan mi ausencia, especialmente Maruja. No le gusta la gente nueva. Los extraños le asustan y después todo se complica. Sufre ella, su familia y todos los que la cuidamos. Porque la queremos.

Necesitamos que esté bien. Si ellos están bien yo estoy bien. Entonces podré disfrutar del finde, de mi familia y de la vida que compartimos.

Cojo el bolso del perchero y un dolor agudo en las lumbares me recuerda que no he tomado el Paracetamol. Vuelvo a la cocina. En la caja casi no quedan. Lo tomo con un sorbo de agua. Con suerte, cuando empiece a trabajar ya me habrá hecho efecto.

Mientras camino, me acuerdo de que hoy es el cumpleaños de Silvia, una de las compañeras más joven de la resi. Que no se me olvide felicitarle, apunto en mi cabeza. Y acuérdate que María tiene ducha hoy y que Alfonso va a consulta de Cardiología, lo lleva su hijo, hay que tenerlo listo a las once. Repaso mentalmente mil tareas que haré a lo largo de la mañana. No es ningún esfuerzo. Es lo que me gusta. Lo que me llena y me da vida cada día.

Buenos días, saludo rápido a Pili, una de las compañeras de cocina, que fuma un cigarro en la puerta junto a Raquel, una de las auxiliares. Empujo la puerta con fuerza deseando verlos a todos. Lo de fuera se para. Aquí dentro hay mucha vida -pienso- y acelero mi paso hacia los vestuarios.