Desde hace 10 meses me despierto en otro país, con una rutina distinta, otros horarios, otras voces, pero hay algo que nunca cambia: mi pensamiento constante en mi abuela.
Si no sabes como votar por el relato, te decimos como aquí.
Desde hace 10 meses me despierto en otro país, con una rutina distinta, otros horarios, otras voces, pero hay algo que nunca cambia: mi pensamiento constante en mi abuela.
Mi familia está compuesta por cinco pilares: mi padre, mi madre, mi hermana mayor, yo… y ella, mi abuela. La única que conocimos mi hermana y yo. La que nos enseñó a reír sin vergüenza, a comer con gusto, a disfrutar de la vida... La madre de mi papá.
Mis padres vinieron de Colombia a España hace 25 años, trayéndola consigo. Desde entonces, nuestra casa ha tenido su voz, sus consejos, su risa, y más tarde, su silencio. Hace seis años empezó a olvidar algunas cosas. Primero detalles: nombres, fechas, llaves. Los médicos decían que era cosa de la edad. Tardaron 730 días en decirnos la palabra que no queríamos escuchar: Alzheimer.
Desde ese momento, nuestra vida cambió. O, mejor dicho, la vida de todos se reorganizó en torno a ella. Mi hermana y yo, aunque vivimos fuera, sentimos cada cambio, cada avance de la enfermedad, como si estuviéramos allí. Y en cierto modo, lo estamos. Gracias a llamadas, videollamadas, mensajes, y, sobre todo, gracias al corazón que hemos dejado con ella.
Mi abuela sigue viviendo con mis padres. Ya no cocina, no dibuja ni pinta, y a veces ni siquiera nos reconoce. Pero está. Y mientras esté, luchamos por mantenerla presente, con dignidad y con amor.
Mi hermana tiene 26 años y vive también fuera. Pero eso no le impide organizar la medicación desde la distancia, leer informes médicos, buscar nuevas terapias. Yo, con mis 19 años, hago todo lo que puedo para mantenerla viva también en su mundo emocional. Le muestro las cartas y dibujos que le hacía de pequeña, le mando audios con sus canciones favoritas, aunque ya no las recuerde, le grabo videos contándole cómo va mi vida. Sé que a veces no los entiende, pero otras, sonríe. Y esa sonrisa basta para saber que el puente entre nosotras aún no se ha roto.
En casa, mis padres son los verdaderos héroes. Mi mamá, que no es hija biológica de mi abuela, la trata con más ternura que nadie. Y mi papá, aunque a veces se quiebra, se recompone por ella. Se turnan para el aseo, para las noches difíciles, para las comidas. Y cuando yo vuelvo a casa, me uno al relevo como si nunca me hubiera ido.
El cuidado físico es exigente: hay que ayudarla a caminar, a vestirse, a no lastimarse. Pero el cuidado emocional lo es aún más. A veces se siente perdida, otras veces se pone agresiva sin querer, otras simplemente llora sin entender por qué. En esos momentos, le hablamos con calma, con palabras que le sean familiares. Le ponemos música, le mostramos fotos antiguas, y por un segundo… vuelve.
Lo más duro de vivir lejos no es la distancia física, es la emocional. Saber que tal vez, la próxima vez que vuelva, no me reconozca. Pero mi familia y yo hemos aprendido que, aunque ella olvide, nosotros debemos recordar por ella. Recordar quién fue, todo lo que nos dio, y por qué estamos haciendo este esfuerzo.
No se trata solo de cuidar, sino de acompañar con amor. No queremos que simplemente exista. Queremos que viva, a su manera, en sus tiempos, en su mundo. Y aunque ya no es el mismo, todavía hay momentos de luz. Como cuando me llama por mi nombre después de semanas sin hacerlo, o cuando se ríe con una anécdota de cuando era joven.
A veces me siento cansada. Me gustaría tener 19 años sin tanta carga emocional. Pero también sé que esto me ha enseñado más que cualquier clase: el valor de la familia, la fuerza del compromiso, y el poder del amor cuando la memoria falla.
Cuidar de mi abuela es un acto de amor compartido entre cinco personas. No todos estamos en la misma ciudad, pero sí en la misma lucha. Y mientras ella siga con nosotros, aunque su mente se borre poco a poco, nuestro deber será recordarla por ella, sostenerla, y agradecerle por todo lo que nos dio.
Porque ella puede olvidar… pero nosotros no.

