Un testimonio de amor y esperanza en el camino del cuidado.

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Un testimonio de amor y esperanza en el camino del cuidado.

Hace tiempo leí un libro titulado 'Cada día nace el sol'. Su mensaje es un canto a la esperanza. Y eso es, precisamente, lo que intento vivir: esperanza, incluso cuando las circunstancias no son favorables.

Mi esposa padece una enfermedad neurodegenerativa. Una situación que al principio viví con dolor, frustración e impotencia. Sin embargo, con el tiempo, he comprendido que esta experiencia, por dura que sea, también puede convertirse en una oportunidad para crecer, aprender y mirar la vida desde otro lugar.

He aprendido que las cosas no son como me gustaría que fueran, sino simplemente como son. Y mientras más me resistía a aceptar esa verdad, más tensión generaba en mí y en ella. Esa tensión, aunque yo no lo quisiera, se la transmitía sin darme cuenta.

Hoy trato de vivir desde la aceptación. La realidad es que el cerebro de mi esposa ya no funciona como el mío, y, por tanto, lo que me toca es adaptarme a su nueva forma de percibir y vivir el mundo. Eso, aunque parece simple, es una de las tareas más complejas que me he enfrentado. Al principio los cambios eran lentos, pero ahora son más bruscos, más evidentes. Lo que ayer funcionaba, hoy ya no sirve. Y mañana, quizás, tampoco sirva lo que funciona hoy.

Pondré un ejemplo: al principio, cuando ella me repetía lo mismo una y otra vez, me molestaba. Hasta que un día me pregunté: “Si ella ya no recuerda que me lo dijo… ¿por qué yo no puedo olvidar que ya me lo dijo?”. Desde entonces, cada vez que repite algo, le respondo como si fuera la primera vez. Y, paradójicamente, ahora echo de menos algunas de esas repeticiones.

 

Muchos manuales dicen que el cuidador debe cuidarse. Y tienen razón. Pero el autocuidado no es solo físico. También hay que cuidarse emocional y mentalmente. Para mí, eso comienza por la actitud con la que enfrento la realidad que me toca vivir cada día.

A mi esposa le gusta leer, y lo hace muy bien. Muchas veces lee los mismos escritos como si fuera la primera vez. Entonces, yo le escribo pequeñas cartas con cariño, para que las lea una y otra vez. Y cada vez que las lee, es un momento nuevo, un instante de conexión que vale oro.

Otra decisión que he tomado es tratarla con el mismo amor y ternura con los que sé que ella me cuidaría si estuviera en mi lugar. Antes me importaba tener razón; ahora prefiero llevarme bien. Y si para eso tengo que ceder, lo hago con gusto. Porque como dice el refrán: sarna con gusto no pica.

Ser cuidador no es solo asistir, limpiar, acompañar o estar presente físicamente. Es también aprender a vivir en otra dimensión del tiempo, en otro ritmo, con otro lenguaje. Es escuchar con el corazón, aceptar sin juzgar, y amar sin condiciones. Es, sobre todo, recordar que cada día, incluso en medio de la dificultad, el sol vuelve a nacer.