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Comencé a trabajar en residencias en el año 2011. Desde entonces, he acompañado muchas vidas y despedido muchas otras. Pero hay una que nunca olvidaré: la de mi abuela.

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Comencé a trabajar en residencias en el año 2011. Desde entonces, he acompañado muchas vidas y despedido muchas otras. Pero hay una que nunca olvidaré: la de mi abuela. Ella estaba en la primera residencia donde trabajé. Me crio desde que tengo uso de razón, y por eso, el día que me miró fijamente y me dijo "me suena tu cara", sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

No me reconocía. Mi abuela, mi raíz. Aquello me impactó profundamente. Estuve con ella hasta el final, la vi apagarse en el mismo sitio en el que yo trabajaba, y ese momento me marcó para siempre.

Creo que desde entonces me endurecí un poco, como un mecanismo de defensa. Sigo teniendo empatía, sigo queriendo a cada residente que cuido, pero aprendí a sobrevivir emocionalmente en un trabajo donde el duelo es parte del día a día. Luego llegó el COVID. Y con él, una sensación devastadora de abandono. Vi la vulnerabilidad absoluta. Vi cómo, en muchos casos, ser anciano era casi sinónimo de "no contar". Sentí que los dejaban morir. Que los mayores no importaban. Que eran prescindibles.

Nosotros, los cuidadores, también nos sentimos abandonados. Fue duro, doloroso, y muchas veces injusto. Aun así, soy feliz con lo que hago. Sé que valgo para ello. Hay días luminosos, en los que una sonrisa, un "gracias" o una caricia con la mano temblorosa de alguien que se siente acompañado, lo llena todo. Pero no es un trabajo agradecido. No siempre se reconoce el esfuerzo, la paciencia ni el cariño que se entrega en cada jornada. Se trabaja mucho. Muchísimo. Y aunque muchos residentes son un regalo, otros están tan heridos que reaccionan con dureza. Y tú aguantas, porque sabes que el enfado no es contigo, sino con la vida.

Soy cuidadora. Y seguiría siéndolo, incluso aunque no me dieran las gracias.

Porque hay miradas que te dicen más que mil palabras. Porque hay caras que "te suenan", incluso cuando no te reconocen. Y porque cada vida que toco deja en mí una huella que no se borra.