Me llamo Isabel Vidal Reinaldo y soy cuidadora en el Centro EVD - Esclavas de la Virgen Dolorosa, en Creciente. Desde que era niña sentí este lugar como parte de mi vida.
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Me llamo Isabel Vidal Reinaldo y soy cuidadora en el Centro EVD - Esclavas de la Virgen Dolorosa, en Creciente. Desde que era niña sentí este lugar como parte de mi vida. Vivía cerca, pasaba por delante, y a veces entraba a jugar. Nunca imaginé que un día volvería aquí como cuidadora, pero hoy sé que no hay regalo más grande que este trabajo.
Las mujeres que viven en nuestro centro tienen discapacidad, sí, pero eso no es lo que las define. Son valientes, tienen historias duras, pasados invisibles, pero también una fuerza que emociona. Me han enseñado a mirar la vida desde otro lugar. A valorar lo que realmente importa. Me siento afortunada de compartir mis días con ellas.
Este centro fue fundado por unas monjas que no tenían nada. Nada más que fe y entrega. Acogieron a mujeres olvidadas, a niñas que nadie cuidaba. Les dieron abrigo, respeto, familia. Sin ellas no estaríamos aquí. Y aunque ya no estén presentes, su esencia sigue viva. Yo me siento heredera de ese amor sin condiciones.
Durante la pandemia del COVID-19 vivimos algo que no se puede explicar. Trabajábamos cubiertos con EPIs, gafas, mascarilla… Estábamos pegadas a ellas, pero sin poder tocarlas de verdad. Muchas veces no nos reconocían las caras. Aun así, estábamos allí. Les hablábamos, les cantábamos, les sonreíamos con los ojos. Sufrimos, sí, pero también resistimos. Bailamos en medio del miedo. Cantamos en medio del cansancio.
Luchamos para que ellas no notaran lo peor. Y no lo hice sola. Fuimos un equipo. Dirección, limpieza, cocina, mantenimiento, enfermería… todas y todos a una. La Dirección nos cuidó, se preocupó de que estuviéramos bien. Porque si nosotras no estamos bien, ellas tampoco. También los hombres que hoy cuidan junto a nosotras han sido parte fundamental. Cada gesto sumó.
En medio del cansancio también hubo momentos para reír. Bailamos, cantamos, inventamos juegos. Hicimos lo que pudimos para que ellas no sintieran tanto encierro. Porque cuidar también es proteger emocionalmente. Y cuando pasó lo más duro, volvimos a hacer lo que más nos gusta: vivir con ellas. Organizamos talleres con las compañeras de EVD Mos. Hacemos lufas, bolsos, arte con las manos. Salimos a las fiestas del pueblo. Colaboramos con el cole. Les ayudamos a cumplir sueños: visitar el mar, volver a su ciudad, sentir que la vida sigue.
Aquí no hay barreras. Aquí hay una familia. Aquí se respira respeto, cariño, humanidad. Aquí no se aparta a nadie. Porque tener discapacidad no es estar enferma. Es tener otras capacidades. Y nosotras estamos para acompañarlas, no para cambiarlas. A veces la gente piensa que ser cuidadora es solo lavar, cambiar, dar de comer. Pero no. Eso es solo una parte. Cuidar es estar. Es escuchar una historia por décima vez y seguir
con la misma atención. Es notar que una mirada está triste y sentarte al lado sin decir nada. Es sostener, dignificar, dar valor. Es dar y recibir. Yo recibo mucho. Recibo sonrisas, aprendizajes, abrazos, humanidad. Recibo una familia. Porque el vínculo que se crea en un centro como este no se puede explicar con palabras. Solo se puede sentir. Es profundo, real, transformador. Este trabajo me cambió. Me hizo más fuerte, más sensible y agradecida. Me enseñó que la vida no siempre es justa, pero que siempre podemos estar para el otro. Y que, muchas veces, con solo estar, ya estás haciendo algo grande.
A veces me detengo a mirar todo lo que hemos construido. Pienso en cada día vivido con ellas, en cada paso pequeño que se convierte en un logro. Ayudarlas a levantarse con dignidad, a sentirse parte de la comunidad, a crear algo con sus manos y mostrarlo con orgullo. Eso es vida. Eso es lo que me hace sentir que este trabajo tiene un valor incalculable.
También pienso mucho en el futuro. En cómo seguir cuidando con amor, en cómo mantener esa llama que dejaron las hermanas que iniciaron este camino. Y en cómo seguir defendiendo que cuidar es esencial, aunque no siempre se vea, aunque a veces no se reconozca como se merece.
Estoy orgullosísima de ser cuidadora. No por el título, ni por el reconocimiento. Lo estoy porque me siento útil, porque sé que lo que hago tiene sentido. Porque no cambio una vida, pero acompaño una vida. Y eso es mucho. Cuidar no es lo que muchos creen. No es lavarle la cara a alguien. Es mirarla a los ojos con respeto. Es acompañarla cuando nadie más está. Es reír juntas. Es llorar juntas. Es vivir con ellas, no por ellas.
Por eso estoy aquí. Porque cuidar no es solo lo que hago. Es parte de lo que soy. Y no cambiaría este camino por nada. Cuidar es amar. Es dar. Es recibir. Es confiar. Es estar. Y yo estoy.

