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Mi nombre es Antonio Manuel Cáceres Martín. Tengo 34 años y llevo casi 14 dedicándome al cuidado de personas con discapacidad intelectual en un centro de atención en Sierra de Loja, hoy gestionado por el Grupo Alfaguara.

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Mi nombre es Antonio Manuel Cáceres Martín. Tengo 34 años y llevo casi 14 dedicándome al cuidado de personas con discapacidad intelectual en un centro de atención en Sierra de Loja, hoy gestionado por el Grupo Alfaguara.

Mi vida entera gira en torno al cuidado, pero también a la lucha: la lucha por la dignidad, el respeto y la inclusión real de las personas a las que cuido. Para mí, cuidar no es solo una profesión. Es una vocación, una forma de estar en el mundo, una misión que me compromete a diario con lo invisible, con lo que aún duele y no siempre se quiere ver.

Cuidar es poner el alma en cada gesto, es dar sin medida, es ser voz cuando otros no son escuchados, es estar presente cuando otros miran hacia otro lado. Durante todos estos años he aprendido que el verdadero trabajo no termina al final del turno. Lo más difícil empieza cuando salimos con los usuarios a la calle y la sociedad, en lugar de tender puentes, levanta muros. Aún hay miradas que incomodan, comentarios que duelen, actitudes que aíslan.

Aún escucho cosas como: “¿Y son normales? Son como tú y como yo…”, como si su discapacidad les hiciera menos personas, menos humanos, menos dignos. Fue precisamente una de esas frases, escuchada en plena calle, delante de quienes más merecen respeto, la que me inspiró a crear mi proyecto más personal: un libro que lleva por título “Normal, o como tú”.

Un título que la propia realidad me regaló, y que se ha convertido en una declaración de principios. Este libro cuenta la historia de cuatro niños y niñas —Alejandro, Sofía, Marcos y Laura— institucionalizados desde pequeños por distintos motivos. A través de ellos, quiero mostrar que son seres humanos completos, sensibles, capaces. Que no son “eternos niños”, ni “angelitos”, ni “pobrecitos”. Son personas con derecho a decidir, a equivocarse, a enamorarse, a enfadarse, a reír, a vivir. Personas a quienes la sociedad muchas veces infantiliza, limita o excluye injustamente. No quiero solo contar una historia. Quiero remover conciencias, abrir corazones, cambiar miradas.

Por eso este libro no es solo para adultos: está pensado especialmente para adolescentes. Ellos serán los adultos del mañana, y si sembramos inclusión y empatía en su juventud, el día de mañana no tendremos que hablar de integración, porque ya será parte de su forma de ver la vida.

Me presento a los Premios SUPERCUIDADORES con humildad, pero con convicción. No por buscar un reconocimiento personal, sino para poner en valor lo invisible, lo que sucede cada día en centros como el mío, y en la vida de muchas personas que, como yo, cuidamos con pasión. Porque cuidar también es educar, es denunciar lo injusto, es abrir caminos donde otros ven barreras. Soy cuidador dentro y fuera del centro.

Soy testigo y también defensor. Y seguiré entregándome con la certeza de que un mundo más justo y más humano es posible. Solo necesitamos mirar con otros ojos… con los del corazón. Gracias por esta oportunidad.

Gracias por permitir que historias como esta puedan llegar más lejos.

Con toda mi entrega.