El día que llegué a casa de Pilar por primera vez era agosto de 2023. Hacía un calor sofocante y el sol resplandecía brillante.

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El día que llegué a casa de Pilar por primera vez era agosto de 2023. Hacía un calor sofocante y el sol resplandecía brillante.

Pilar era originaria de Guinea Ecuatorial, pero llevaba en España muchos años. Me recibió con gesto serio y una mirada marcada por una profunda tristeza. Hacía algún tiempo que había empezado a perder la visión de manera irreversible y sus ojos, antes brillantes y llenos de vida, ahora se veían apagados como si la oscuridad se hubiera adueñado de ellos.

—Hola Miriam. Pasa por favor —dijo con una voz suave, pero cargada de melancolía y tristeza.

Dentro de su casa las paredes, decoradas con fotos familiares y recuerdos de su país natal, reflejaban un hogar lleno de historias, aunque estas parecían atrapadas en el silencio que rodeaba a Pilar. Mi trabajo como terapeuta ocupacional era valorar si podía beneficiarse de nuestros servicios en el centro de día de El Casar (Guadalajara). En cuanto la vi y hablé un poco con ella, supe que asistir al centro le iba a favorecer muchísimo: Pilar necesitaba compañía, propósito, calor humano. Y nosotros podíamos ofrecérselo.

—Pilar, ¿cómo te sientes? —le pregunté mientras me sentaba frente a ella.

—Llevo mucho tiempo sin ver bien. Es difícil, muy difícil… Y estando tantas horas sola me siento aún más perdida.

—Pilar, lo primero que quiero que sepas es que en el centro de día no estarás sola. Podrás encontrar apoyo no solo con tu vista, sino también con las actividades que te gusten. Será un lugar donde puedas estar rodeada de personas que te acompañen.

Después de esa visita, a los pocos días, Pilar comenzó a asistir al centro. El primer día cruzó las puertas algo temerosas, sin tener mucha idea de lo que se iba a encontrar. La transformación no fue inmediata, pero algo en ella comenzó a cambiar poco a poco: fue abriéndose más con todas las personas que acudían al centro de día y haciéndose amiga de todos ellos. Con el tiempo, nos fuimos conociendo la una a la otra y nos volvimos más cercanas. Ella me hablaba de su país, de su familia y su cultura, y yo la escuchaba embobada con ganas de conocer más. Por mi parte, yo le contaba acerca de mis inquietudes y mis problemas, y ella me escuchaba con esa atención tan sincera que solo las personas sabias saben otorgar. Al principio, caminar por el centro sola era un desafío, pero poco a poco fue aprendiendo a usar el bastón blanco y a comer sola. A recuperar su autonomía. A reencontrarse consigo misma.

Los meses pasaron y llegó la Nochevieja de 2023. Estábamos organizando la fiesta cuando Pilar me pidió algo muy especial:

—Miriam —dijo, con una voz que ahora tenía un tinte de alegría—, me alegra mucho haber venido aquí. Me siento muy acompañada y para mí sois como mi familia. Me gustaría que brindásemos escuchando la canción “La familia” de Pimpinela. Para mí tiene mucho significado.

Y así fue. Sonó esa canción en medio de risas, abrazos y copas alzadas: “Pasa y tómate una copa que hay lugar para otra silla. Déjame que te presente. A mi gente. Mi familia…”. Nos emocionamos. Porque algo real nos unía.

 

Han pasado casi dos años desde nuestro primer encuentro y Pilar ya no es la mujer que me abrió la puerta con los ojos rotos. Hoy camina con la cabeza alta, con una sonrisa que ilumina. Su oscuridad no desapareció, pero aprendió a caminar con ella, y a rodearse de luz. 

Con Pilar he aprendido que la relación profesional y personal puede ser compleja. Cuando estudié me enseñaron que hay que poner límites entre lo profesional y lo personal, pero después de más de una década trabajando para las personas, puedo decir, y creo que muchos de mis compañeros estarán de acuerdo con esto, que esta línea es muy fina y que es muy difícil no implicarse más allá del trabajo. He descubierto que cuando acompañas de verdad, esa línea se desdibuja. Porque en el fondo, cuidar también es dejarse tocar.

Para mí, Pilar ya no es solo una "persona usuaria" del centro de día, es una amiga, una relación que va más allá del ámbito laboral. Gracias a ella, entendí de verdad aquello que dijo Mahatma Gandhi: la mejor manera de encontrarse a uno mismo es perderse en el servicio a los demás.