Relato cuidadora familiar de María Antonieta Yannicelli para los Premios SUPERCUIDADORES.

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"A un año de haber descubierto el poder curativo del amor"

Mi nombre es María, soy enfermera de profesión y hace un año exacto estaba atravesando por la experiencia de cuidado más importante de mi vida: mi esposo estaba transcurriendo por múltiples complicaciones médicas luego de una cirugía, y sin saberlo entonces, me convertí en el eje que él necesitaba para llevar adelante su recuperación. Desde luego no cargaré con todos los créditos, porque sin su fuerza de voluntad y la intervención divina, hoy no estaría compartiendo con ustedes la misma historia, sin embargo, cuando lo veo hoy, después de un año y si me preguntaran si volvería a cuidar de él, diría que sí. Vale la pena dar todo por ver a alguien vivir, y más aún, sanar! Saber que tu intervención hizo la diferencia entre la salud y la enfermedad de un ser querido no solo te impulsa sino que te hace ver la vida con otros ojos.

Después de tres días de posoperatorio sabía que algo iba mal, los médicos iban a dar el alta a mi esposo pero tenia fiebre, fue cuando les hice ver que él no estaba bien. Despues de examinarlo y realizar varias pruebas, los médicos encontraron que habia una infección. Transcurrieron un par de días y una madrugada, Pablo comenzó a sentir dolores muy fuertes, el vendaje de la herida le hacia presión, las enfermeras y médicos residentes no estaban autorizados a retirarlos pero insistimos muchisimo para que lo hicieran. Hablé con los médicos en la mañana y nos explicaron que la peritonitis se debía a la perforación involuntaria del intestino durante la cirugía. Esa noticia nos devastó.

La condición de Pablo empeoraba, estaba sufriendo de anemia, y recibia transfusiones de sangre, estaba perdiendo el apetito, el dolor se acentuaba, recibía muchos medicamentos para combatir la infección y dormir era imposible para ambos.

A casi una semana de la operación, los medicos pidieron otro estudio, esta vez para comprobar la perforación, pero la preparación para el estudio resultó traumatica para Pablo. Pasado un rato, escuche los gritos desgarradores de Pablo, supe entonces lo que eso significaba, pude abordar a uno de los médicos quien me confirmó que iban a intervenirlo de emergencia. No puede verlo hasta salir. Creo que fueron las horas más largas de mi vida.

Finalmente trajeron a Pablo, balbuceaba inconsciente aun, producto de los anestésicos y de las altas dosis de calmantes, de su cuerpo salían sondas y drenajes, fue lo más indefenso que jamás lo había visto. Yo estaba en shock. Me quedé sola intentando comprender lo que Pablo necesitaba, con certeza tenia dolor pero ya habían dado todas las dosis posibles. Me sentí impotente e inútil, me quedé allí a su lado, solos él y yo, sin sospechar que estaríamos así casi medio año.

Durante todos esos días estuve cuidando de Pablo noche y día sin relevo, como puede suponerse, me convertí en su enfermera a 24 horas: limpiaba sus curas, vigilaba la administración de sus medicamentos, atendía su aseo, lo llevaba al baño y le ayudaba a bañarse, fui su compañía y apoyo emocional.

Un par de días después trasladaron a Pablo a la unidad de cuidados intensivos pues estaba presentando falla renal aguda, y debía ser hemodializado. Desde entonces pasaba casi todo el día en la una sala de espera de la clínica, aguardando el llamado de las enfermeras. Recuerdo los cortos minutos de visita, tanto él como yo lo esperábamos ansiosos. Desde la primera vez que le di de comer, el esperaba que yo llegara para que lo hiciera, le gustaba la forma que yo encontraba para convertir un desabrido puré de frutas en un rico jugo, y darle el caldo hacia que no supiera tan desagradable. Le resumía las novedades y algunas otras noticias de fuera para que se desconectara algunos minutos de su realidad. El sentía mi amor y yo su compañía. Eran los mejores momentos de nuestro día.

Pasó una semana y Pablo salió otra vez a la hospitalización. Persistían algunas complicaciones, le practicaron un par de punciones, miles de agujas lo perforaron para muestras de sangre, los resultados iban mejorando poco a poco. Un día advertimos una reacción alérgica que fue más seria de lo que pensamos, Pablo estaba haciendo el síndrome de Steven Johnson, una reacción autoinmune rarísima que literalmente le quemaba de dentro hacia afuera, mientras duró, Pablo perdió toda su piel, uñas y parte del cabello. Fue el momento en que más debí cuidar de él: no se levantó hasta pasada más de una semana, le ayudaba a evacuar y orinar desde la cama, limpiaba a diario su piel, cambiaba su cama, le daba de comer y beber; prácticamente las enfermeras me lo habían encargado, y la verdad es que yo lo prefería, estaba tan delicado que temía más complicaciones.

Un día cuando con ayuda de su médico y la mía, se volvió a parar, fuimos todos muy felices, a pesar de su deterioro físico alcanzó a llegar al baño y allí sentado le di la ducha más deseada de su vida. Los días pasaron y le incentivaba a volver a comer, pues se había desnutrido severamente. Cada bocado que daba me llenaba de alegría, y a él de fuerzas.

Los médicos nos dieron la noticia de que sus valores estaban mejorando y su piel se estaba recuperando gracias a los cuidados y a la ausencia de nuevas infecciones, y aunque no había terminado todo, nos dijeron que Pablo podía volver a casa si yo aseguraba un ambiente libre de riesgos, cuidado a sus heridas y buena alimentación. Ya Pablo estaba harto de tantos meses hospitalizado y claro que ante su ruego no hice otra cosa que ir a casa a preparar lo que el necesitaba, era una batalla contra el tiempo para mí pero saber que podía estar ya en casa, “libre”, como él decía, bien merecía la pena.

Desde entonces he cuidado de él, y muchos meses más transcurrieron y otras complicaciones también, hasta el día de hoy, en el que podemos decir que está completamente sano. Sin duda él ha sido muy fuerte y siempre que hablamos de lo ocurrido, me dice: “María, tú me salvaste la vida”.

 

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