Juan Luis nos envía un relato sobre su mujer y la difícil recuperación de un ictus que está teniendo. Su familia ha crecido y ahora valoran los pequeños detalles más que nunca:


Tras 5 eternos días, ella despertó

-Hola mi vida, ¿sabes quién soy?

En ese momento, Juan sintió la amargura de un sueño roto.

Pasaron meses. El día amaneció y a Juan le acompañó un mismo pensamiento: "Eres capaz, tú sólo tienes la fuerza y coraje para que todo siga unido".

- ¿Qué tal has desayunado, cariño?- le susurró Juan al oído.

- Muy rico todo- respondió Isabel con su media sonrisa.

- Debes prepararte... ya mismo debes irte a la rehabilitación. Déjame ayudarte.

Y así comenzaba una nueva jornada en la que Juan tenía por delante un duro día. Como cada mañana preparaba a su hija María, de 3 añitos y medio, y la llevaba a su colegio. Se reían durante el camino con juegos y besos, manteniendo conversaciones simples pero cargadas de mucho sentimiento.

-Me alegra mucho que te portes bien con mamá. Mamá te quiere mucho, pero ahora está malita y no puede llevarte al cole como hacía antes. A mamá no se le pega. Mamá te quiere por encima de todo, pero ahora tienes que ayudarla. Ella no puede darte besitos ahora, y se los tienes que dar tú para que se cure pronto y pueda hablar bien. Seguro que mamá volverá a andar y jugará mucho contigo, ¿quieres?- le preguntó Juan.

- ...¡Sí! ¡Que se cure pronto!!- expresaba María.

Durante esa mañana Juan tendría que hacer frente a la responsabilidad de su trabajo y a ordenar todos los sentimientos y responsabilidades que la vida le trajo con la nueva situación de su mujer. Sentimientos cargados de tristeza, agotamiento, frustración, miedos e impotencia.

Isabel se recuperaba lentamente de un ictus hemorrágico y un edema cerebral tras una operación de epilepsia. Como secuelas más importantes: daño cognitivo severo, afasia mixta, y hemiparesia derecha. A sus 38 años, su vida se tiñó de amargura. Ya no había marcha atrás...tan sólo mucho esfuerzo humano y económico para conseguir su máxima recuperación, y tratar devolverle una vida digna.

Aquella tarde se presentaba tranquila. Isabel se despertó de la siesta, acarició su cara, y extrañada le preguntó:

- Te noto cansado.

Aquel día Juan no podía disimular su cansancio. Su ritmo de vida empezaba a pasarle factura:

- Nada...tan sólo estoy algo cansado. Hoy me han llamado varios de tus amigos. Tienen muchas ganas de verte.

- ¿Crees que me voy a curar?- se expresaba con dificultad, pero sus ojos brillantes cargaban de emoción sus palabras.

- ¿Que si lo creo? Claro que sí...todo en esta vida puede ser posible. Tan sólo tienes que tener fe, confianza y mucha fuerza. Creo en eso porque te conozco, y sé que trabajarás siempre mucho. No tienes que preocuparte de nada más. Me hago cargo de todo, confía en mí.

- A veces no comprendo lo que me dices, qué me pasa?- le dijo preocupada.

- ¿Tú me quieres?- le sorprendió Juan.

- Sí...mucho.

- Pues eso es lo único que tienes que entender por ahora! Había pensado en ir al parque con María a ver las palomas. Quieres? ¡Levántate! ¡Corre!

Tras una tarde estupenda de diversión familiar, aquella noche, al igual que tantas otras, Juan se acostó preocupado. Pensaba en los altos costes de la rehabilitación de su mujer y el modo de financiarlo. Pensaba en su hija y en la difícil tarea que tenía para que aceptara de nuevo a su madre. Pensaba en soluciones. Pensaba en su trabajo y en su rendimiento laboral. Pensaba en el apoyo diario e incondicional de su familia. Pensaba en Dios y en su existencia. Pensaba en sus amistades. Pensaba en sus propios límites para soportar tanto sufrimiento y en su importante figura. Era el único momento en el que se permitía derramar alguna lágrima antes de conciliar un sueño reparador.

Y los meses pasaron. La familia creció. No tuvieron más hijos, pero creció. María volvió a sonreir a su madre, e Isabel volvió a dar besos a María. Isabel pudo agradecer a Juan todo lo que hacía por ella. Juan aprendió que las pequeñas cosas de la vida, son las que te llenan el alma. Se negó a pensar que la vida que imaginaron hace 6 años, cuando se casaron, dejaría de ser bonita.

“Será tan bonita como mi mujer y nuestra hija”.

Tras 12 meses, Juan asume la recuperación de Isabel de una forma más realista, pero positiva y siente el comienzo de un nuevo sueño…o al menos lo intenta.

Bonocuidador premiossupercuidadores2016